Eneas habiéndo escapado del saqueo de la burbuja inmobiliara y las presidiarias hipotecas de los últimos años, embarca rumbo a las Canarias, donde habita Dido.
La malévola banca Marte, representada aquí como una enorme araña roja tejiendo sin parar su tela, se enorgullece de tener atrapado a miles de hombres que se encuentran adheridos a su enorme tela, listos para ser ingeridos por la malélola diosa. Mientras tanto la Paz, elogia las virtudes del amor, de la libertad y la razón.
Dido está torturada de amor por Eneas, habéndo quedado prendada de su rostro viajero y de sus bellos cabellos que parecen haber sido peinados por los vientos del mar.
Dido acude a Marte, quien le asegura que con una pequeña colaboración pordrá conquistar a su amado. De esa manera, Marte envía a sus súbditos Elfos, quien traman un plan de apresamiento. Marte, por medio de un gran soplido crea un contexto de crisis inmobiliaria, de liquidez de la banca, caida de grandes entidades financieras, fondos de garantía... en ese climax, una gran caida de los precios parece avecinarse. Mientras tanto, Mauricio, uno de sus elfos, vestido elegantemente de agente inmobiliario teje el hilo jamás tan trasnparente que nadie hubiera podido imaginar. Eneas atraido por un piso de techos altos situado en el Centro de la ciudad, cae ciego de amor por el hechizo preparado por marte, convencido de dejar amarrado su barco viajero en el puerto para siempre.
La insaciabilidad de Marte hace desvelarse frente a Dido, quien se percata de la gran telaraña que hay preparada para Eneas para atraparle en una operación hipotecaria. Con una gran pena, Dido avisa a Eneas para que huya con su barco rumbo a cualquier otro destino.
A la noche, cuando Marte y sus elfos dormían, Eneas partiría a otro destino, esta vez acompañado por siempre de su amada Dido, con el destino de seguir alquilando casas a lo largo de los viajes por los mares del mundo.
La malévola banca Marte, representada aquí como una enorme araña roja tejiendo sin parar su tela, se enorgullece de tener atrapado a miles de hombres que se encuentran adheridos a su enorme tela, listos para ser ingeridos por la malélola diosa. Mientras tanto la Paz, elogia las virtudes del amor, de la libertad y la razón.
Dido está torturada de amor por Eneas, habéndo quedado prendada de su rostro viajero y de sus bellos cabellos que parecen haber sido peinados por los vientos del mar.
Dido acude a Marte, quien le asegura que con una pequeña colaboración pordrá conquistar a su amado. De esa manera, Marte envía a sus súbditos Elfos, quien traman un plan de apresamiento. Marte, por medio de un gran soplido crea un contexto de crisis inmobiliaria, de liquidez de la banca, caida de grandes entidades financieras, fondos de garantía... en ese climax, una gran caida de los precios parece avecinarse. Mientras tanto, Mauricio, uno de sus elfos, vestido elegantemente de agente inmobiliario teje el hilo jamás tan trasnparente que nadie hubiera podido imaginar. Eneas atraido por un piso de techos altos situado en el Centro de la ciudad, cae ciego de amor por el hechizo preparado por marte, convencido de dejar amarrado su barco viajero en el puerto para siempre.
La insaciabilidad de Marte hace desvelarse frente a Dido, quien se percata de la gran telaraña que hay preparada para Eneas para atraparle en una operación hipotecaria. Con una gran pena, Dido avisa a Eneas para que huya con su barco rumbo a cualquier otro destino.
A la noche, cuando Marte y sus elfos dormían, Eneas partiría a otro destino, esta vez acompañado por siempre de su amada Dido, con el destino de seguir alquilando casas a lo largo de los viajes por los mares del mundo.
Dido y Eneas fué representada en Santa Cruz de Tenerife el pasado Viernes por la compañía londinense New London Consort y dirigidos por el Phillip Pickett . Vimos el espectáculo el mismo día que el agente inmobiliario nos comunicaba que en caso de ser compradores teníamos que hacernos cargo de los gastos de plusvalía (3.500€ en este caso), aunque esté perfectamente regulado por ley que es un gasto asumido por el vendedor.

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