viernes, 26 de septiembre de 2008

Lanzarote 26-29 Septiembre 2008

El último coletazo de las vacaciones de este año las dedicamos a un máximo aprovechamiento del tiempo, pasando por la Península una semana y desplazándonos de un lado a otro (Madrid, Alicante, Ávila...), olvidándonos que a veces no viene mal descansar un poquito. Hubo tiempo para todo, y se disfrutó un montón, pero volvimos con ganas de... vacaciones. De manera que decidimos gastar el último día libre en acoplarlo a un finde con el propósito de que ese tiempo fuera avariciosamente nuestro.

Y elegimos el marco perfecto para ello: Lanzarote. Esta isla es, en sí misma, una especie de escenario poético. Paisajes de fuego y agua, de viento y tierra, de nubes y cielos enormes...
Recupero un texto sacado de un precioso libro de fotografías sobre el pueblo de Tinajo y sus gentes:

"La astucia del campesino enbusca de alimento y cobijo enriquece y da vida a un territorio volcánico de por sí duro y hostil. El trabajo cotidiano lo transforma en un verdadero museo al aire libre. El paisaje agradio se espresa a través de la tierra, la piedra y la madera en combinación con la luz y las sombras. A este escenario estático, los cultuvos añaden una nota de color que cambia a lo largo del tiempo. Este patrimonio se convierte en una obra de arte, arte rural."

No me extraña que en este contexto se desarrollaran artístas como Cesar Manrique, o que inspiren actualmente al prolífico Idelfonso Aguilar. (Regreso del Festival de Músicas Visuales ya!)

Pero seguimos acertando con el marco, ya en cuestión de detalle, y elegimos la casa Dominique, un lugar diseñado a medida para lo que íbamos buscando. Termino publicando una estrofa de Alberti dedicada a Manrique, que se deja leer en la parte de la exposición de sus cuadros:
Vuelvo a encontrar mi azul,
a mi azul y el viento,
mi resplandor,
la luz indestructible
que yo siempre soñé para mi vida.
Aquí están mis rumures,
mis músicas dejadas,
mis palabras primeras mecidas de la espuma,
mi corazón naciendo antes de sus historias,
tranquilo mar, mar pura sin absimos.
Yo quisiera tal vez morir, morirme,
que es vivir más, en andas de ese viento,
fortificar su azul, errante, con el hábito
de mi canción no dicha todavía.
Yo fui, yo fui el cantor de tanta transparencia,
y puedo serlo aún, aunque sangrando,
profundamente, vivamente herido,
lleno de tantos muertos que quisieran
revivir en mi voz, acompañaros
más allá, más allá de las edades.
He venido a vosotros para hablaros y veros,
arenales y coistas sin fin que no conozco,
dunas de lavas negras,
palmares combatidos, hombres solos,
abrazados de mar y de volcanes.

Subterráneo temblor, irrumpiré hacia el cielo.
Siento que va a habitarme el fuego que os habita.

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